domingo, noviembre 23, 2008

Una de reflexiones

Visto lo visto, me he perdido lo mejor de la semana con esto de mi problemilla ocular. Ayer estuve dando una vuelta por los blogs de algunos de mis amigos de la cibercosa y comenté alguna de las noticias de las que no me ha dado tiempo a hablar aquí, a saber: la política incendiaria de Cristina Almeida, nueva heroína (con perdón) al estilo de Farenheit 451 (y esta vez que me perdonen Bradbury y Truffaut por ponerles en semejante brete), y en un lugar emblemático, además: la cheka de Bellas Artes, que seguramente sería reabierta y vuelta a sus funciones si fuera por muchos de los asistentes al acto.
He leído en algún sitio que cuando Ray Bradbury escribió sobre el bombero quema-libros no tenía la intención de denunciar la censura, sino el avance imparable de la televisión que a él le parecía (y con cierta dosis de razón) que acabaría con el poco saludable hábito de leer. Recuerdo aquellos tiempos en los que a la tele se la llamaba "la caja tonta", pero en los que no teníamos ni idea de en lo que vendría a convertirse después, ese "vehículo de las ideas" del que, (parafraseando a Mafalda), yo que las ideas me bajaba y continuaba a pie. Yo no voy a negar que me gusta ver la televisión. Para nada. Series, documentales, películas, dibujos... La información me gusta recabarla en otras fuentes menos contaminadas y, por supuesto, no tolero los "realitichous" ni lo del "corazón", que es de lo que parece alimentarse la mayoría de la audiencia en esta abúlica y borreguil España que sufrimos.
Pero a pesar del tiempo que me "come" la TV, los libros son mi pasión, desde la tierna edad de 3 años, gracias a mi madre. Por eso, las declaraciones de la trasnochada abogada ex-comunista me mueven a la reflexión (y al pánico, no quiero ver los libros de nadie en la hoguera), y me imagino que la Almeida sería feliz en un mundo como el de Huxley, pero sin tantas castas, sólo dos: los políticos (los alfa, claro), y los votantes (los delta, todas las demás letras griegas sobran en el mundo rojo de la igualdad), a los que no se les permitiría leer nada que no hubiera aprobado antes la casta superior, pero que podrían ver la tele todo lo que les apeteciera. Y el soma y la viagra gratis, además de aborto libre, gratuito y obligatorio, lo mismo que la eutanasia. En este mundo ideal, sin Dios, sin moral, sin familia, de miembros y miembras, todo aquel que quisiera pensar por su cuenta sería inmediatamente objeto de reeducación, para reconvertirlo en ciudadano ejemplar, ese que paga sus impuestos para que vivan bien los alfa, con sus coches tuneados, sus despachos de 300 metros cuadrados y sus pensiones bien ganadas por trabajar durante cuatro años al servicio de la patria (huy, que día llevo, otra vez perdón por usar palabras malsonantes). Eso sí, el individuo delta tendría la satisfacción de ser tratado como alguien importante durante unos días cada cuatro años, antes de ir a votar. Luego dejarían de contar con él... excepto en sus relaciones con Hacienda...
Lo curioso es que este panorama me es demasiado familiar...


(P.S. Muchas gracias a todos los que os habeis interesado por mí durante estos días en los que ni he podido leer ni ver la tele ;) Por cierto, quisiera comentar lo de las gafas: no es por coquetería, es por la diferencia de casi 4 dioptrías de ojo a ojo. Las uso por casa, conste. Gracias de nuevo a todos)