miércoles, febrero 04, 2009

Oro



Siempre me lamento cuando me doy cuenta que nunca reflejo en este blog cosas de mi vida cotidiana, en el sentido de que siempre comento sobre la crisis global (Pepiño dixit) y esas cosas, mientras que paso de largo por lo que tengo más cerca, a no ser alguna referencia a mi familia, o amigos. Hoy voy a hacer una excepción.

Ayer supe que en mi pequeña ciudad, Toledo, en la que cada día hay más comercios cerrados o con carteles en los que se ofrecen sus existencias a bajo precio, hay dos nuevas tiendas, en las que se compra oro.
No se trata de las joyerías de toda la vida, cuyos escaparates admirábamos en la Calle Ancha, sino un lugar en el que todo aquel que posea una joya y necesite dinero para capear la crisis puede ir y venderla a un precio bastante razonable, dicho sea de paso, si es razonable pagar sólo por el precio del material del que está fabricado un objeto que puede ser una obra de arte. Pero esto es así: el comprador no tasa la joya, simplemente la pesa y ya está. Según dice, no le interesa lo trabajado que esté, porque, en el peor de los casos, si no puede revenderla tendrá que fundirla y convertirla en lingotes. Así que el precio es el del oro y punto.
No tengo nada en contra del libre comercio, cada cual puede hacer con lo suyo lo que quiera. Lo que me vino a la cabeza fue el recuerdo de mi abuelo, cuando hablaba de los tiempos en los que la gente "cambiaba una tierra por dos hogazas de pan", los tiempos del estraperlo (que no es un invento de Franco, como algunos creen), y luego, algo más reciente, las colas de argentinos esperando para recuperar sus ahorros, porque al probe Miguel se le ha acabado la paciencia y es posible que esté pensando en nacionalizar la banca, porque no hay dinero excepto para el pesebre de los titiriteros... mientras la oposición, en vez de hacer su trabajo, y una vez que tienen todos el sueldo, (y la pensión), seguro, anda a la greña... y los nazionalistas recogen no ya bellotas, sino millones y millones de nuestros euros y los gastan a su gusto en reformas y coches, mientras el español de a pie tiene que empeñar la alianza de su madre para alimentar a sus niños...
¿Hasta cuando?