sábado, julio 30, 2011

Dos postales

La Domus Aurea


La primera vez que visité la casa de Nerón fue en mi segundo viaje a Roma, en pleno Julio, uno de esos veranos romanos llenos de calor y humedad. Cuando uno llega al parque en el que se encuentra, justo enfrente del Colosseo, sólo ve una colina verde, con una entrada como la de la casa de un hobbit: un agujero en el suelo, con un corredor que baja hacia las oscuras entrañas de la tierra.
En la puerta hay (como no) una taquilla, donde te venden la entrada, te alquilan auriculares y te ofrecen una visita guiada. No en español, al menos no en las dos ocasiones en la que he ido. Así que te conformas con el auricular y con las explicaciones de una simpática señorita que habla el idioma de Dante con acento del Trastévere, que me es tan familliar...
Fuera hay unos 40ºC. Dentro, una vez has recorrido el túnel hasta el nivel real, hace tanto frío que se echa de menos un jersey. Caminas de acá para allá, contemplando las paredes deterioradas y asombrándote convenientemente con los detalles que relata la guía. Queda para siempre en tu memoria ese pedacito de estuco que aún se conserva pegado al techo, en el que se aprecia la figura de un pájaro, y que te hace pensar cómo sería la decoración cuando Nerón y Popea paseaban por las estancias. Caes en la cuenta de que los mármoles ya no están, pero los pies que los hollaron fueron los del Àrbitro de la Elegancia, y la figura de Petronio, la que yo me imagino, se levanta como un fantasma en mi imaginación.
La sala octogonal, con su bóveda que, dicen, estuvo cubierta por otra de madera de ébano en la que los astros y la luna, de oro y piedras preciosas, estuvieron incrustados, parece contener todavía el sonido distante de las risas y la música en los banquetes de aquellas gentes, hace ya tanto convertidas en polvo y cenizas...


Mary King's Close



La otra noche, chateando con César Blanco, el autor de El Altar, le contaba una experiencia que tuve en Edimburgo al visitar la calle subterránea más famosa de la ciudad. Es un lugar extraño, en el que se dice que se han visto fantasmas, el más famoso de ellos es una niña pequeña a la que los visitantes llevan juguetes. Nuestra guía (en inglés) fue La Doncella, una chica muy simpática que hizo muy entretenido el paseo, contándonos sobre la Peste Negra y otras cosas igual de divertidas en las que se incluían asesinatos y apariciones fantasmales. Pasamos por habitaciones, corredores, cuadras, dormitorios y bodegas hasta llegar a una casa en la que las paredes y el techo se habían conservado perfectamente. Allí, la muchachita que nos guiaba puso su voz más truculenta para contarnos sobre Annie, mi tocaya, la fantasmita que busca su muñeca por los rincones y pide ayuda a las mediums japonesas... La habitación contigua estaba vacía, no había nada más que una marca de hollín en el techo, alrededor de un agujero, como si se hubiera utilizado para salida de una estufa o chimenea. Nada más entrar en ella, me sentí rara. Fue como si me hubieran dado una noticia horrible, y me sentí tan triste que se me llenaron los ojos de lágrimas. Creo que la palabra exacta es 'congoja'. Tuve que hacer un gran esfuerzo por no echarme a llorar, y lo conseguí a duras penas. Mientras, la guía explicaba que aquel lugar se conservaba exactamente como en el siglo XVII, por lo que no debíamos tocar las paredes. "Ah, - añadió como de pasada, - eso que hay en el techo es hollín. Lo han analizado, y algunas de las cenizas son humanas"....