martes, julio 12, 2011

Miguel Angel Blanco

Hoy hace 14 años, este joven, concejal del PP, se debatía entre la vida y la muerte con dos tiros en la cabeza descerrajados por los asesinos de ETA. ¿Su delito? Representar a un partido democrático en un ayuntamiento vasco, el de Ermua.
Recuerdo con claridad los días de angustia en los que, como si nos hubieran arrebatado a un familiar, estuvimos pendientes de las noticias, porque sus asesinos no se limitaron a la sucia y cobarde estrategia de siempre. a saber: pegar dos tiros por la espalda a alguien desarmado, sino que tuvieron la suficiente sangre fría como para tenerle secuestrado y exigir a cambio de su vida el acercamiento de los presos etarras a las Vascongadas. El Gobierno, lógicamente, no accedió a sus pretensiones, y los asesinos llevaron a cabo sus amenazas al cumplirse las 48 horas del secuestro.
Así, a grandes rasgos, puede contarse la historia. Por desgracia, no se pueden describir el dolor, el desconcierto, el horror que siguió a la noticia de su fallecimiento. Porque nadie, o casi nadie, podía creer que los terroristas cumplieran su amenaza. Porque nadie, o casi nadie, podía entender esa capacidad para el odio gratuito de los cobardes etarras, que matan por la espalda a gente a la que no conocen, con frío en el corazón y una capucha puesta.

Hace ya 14 años, y de aquello que se llamó el Espíritu de Ermua, para ser claros, queda más bien poco. Somos los de siempre, los mismos, los que no olvidamos y no queremos olvidar. De aquella marea de manos blancas no queda casi nada. Podría parecer que la muerte de este joven fue en vano, un sacrificio sin sentido, hoy que vemos a los que manejan los hilos de las marionetas de la muerte sentados en las instituciones... Quiero creer que hay una pequeña semilla que algún día germinará en los corazones de generaciones nuevas, y crecerá y dará fruto...