viernes, septiembre 30, 2011

En tercera persona...


Terminó de repostar, subió a su auto y se dispuso a arrancar. Nada más girar la llave en el contacto, se dió cuenta de que algo extraño sucedía, porque las luces del tablero, en vez de encenderse y mantenerse luciendo, comenzaban a titilar y a bajar de intensidad... Giró completamente la llave, pero el motor no respondió como ella esperaba, sino que todo se apagó. TODO. 
No, no, no, no... Volvió la llave a la posición de apagado y lo intentó de nuevo. Esta vez, además de todos los demás iconos, se encendió otro, en naranja. Ya no había duda: era un fallo eléctrico y no se iba a arreglar por el procedimiento favorito de los informáticos, no: allí no se podía reiniciar el sistema...
El hombre que la había atendido en la gasolinera se acercó, así como otro cliente, un muchacho de rasgos suaves que conducía una camioneta de reparto. Ella estaba al borde del llanto, pero en cuanto comenzó a hablar con ellos lo disimuló, no quería que ningún desconocido la viera llorar...
Entre los tres movieron el automóvil hasta un lado, dejando libre el surtidor, y ella abrió el capó. Los tres se inclinaron sobre el motor, y el hombre de la gasolinera, después de pensar un momento, dijo que aquello era cosa de la batería, por lo que la muchacha tuvo que subirse al coche, poner la segunda velocidad, y, mientras los dos hombres lo empujaban por una ligera cuesta abajo, intentar arrancar... Lo consiguió a la segunda; la primera vez no había entendido bien lo del embrague, (en definitiva, los dos hombres no se lo tomaron en cuenta, por que, a ver, ¿no era una mujer? ¿Qué entienden las mujeres de mecánica? Rien). La última recomendación del simpático empleado fue que llevara el coche inmediatamente al taller. Y ella obedeció, saludó con la mano y se puso en camino.
Los cinco primeros minutos, antes de tomar la autovía, todo fue bien, aunque la aguja del combustible señalaba en una dirección equívoca, como si quisiera hacerla creer que en el depósito había una cantidad negativa de gasoleo. Pero ella no se dejaba engañar, no, incluso siguió sin preocuparse cuando el velocímetro empezó a descender y se quedó parado en el cero más absoluto... No, no había de qué tener miedo.... y, entonces, el motor dió el primer tirón... Los diez minutos siguientes, hasta llegar al taller al que habitualmente iba, fueron una pesadilla. El coche, lo mismo parecía ir a pararse que aceleraba de forma alocada, todo ello acompañado de ruido y humo. A todo aquel estrépito que venía del exterior se unían los gritos sofocados de la conductora, unas veces ruegos y otras amenazas al pobre Renault, como si ponerse a dar voces a una máquina fuera a servir para algo. Y algo conseguía: eliminar parte de la tensión. 
Cuando llegó al taller, el mecánico, al que conocía bastante, se echó a reir al ver su rostro pálido y sus ojos enrojecidos por las lágrimas. Había llegado con las luces de emergencia encendidas, y él había esperado algo más grave. Ella, ante sus risas, se quedó con ganas de darle una colleja, cosa que no podía hacer porque no le conocía tanto...
Por fin, el cochecito estaba en manos profesionales... Aunque todavía quedaba un último susto: cuando su amigo y el segundo mecánico supieron que el fallo había tenido lugar en la gasolinera se quedaron muy serios, y el segundo preguntó si estaba segura de haber repostado gasoil. Ella, muy ofendida, replicó que sí, y que, en todo caso, ni siquiera había podido llegar el combustible al motor, porque no había arrancado tras repostar. Entonces él, temiendo posiblemente por su vida ante la mirada asesina de la mujer, comprobó la batería. Con alivio, ella recibió la noticia de que era eso y no otra cosa: la batería, que estaba completamente gastada...Y se pusieron manos a la obra y la cambiaron. La batería y un borne, que estaba quemado.
La factura ascendió a 140 €, mano de obra e IVA incluídos. Ella supo que ya no podría hacer ningún extraordinario hasta Noviembre. Al menos, desde que estaba en paro, al vivir en casa de su madre no le faltaría ni comida en el plato ni un techo donde dormir, y todavía le quedaba un poco ahorrado del último trabajo clandestino que había tenido. Pagó pensando en los que estaban en su misma situación y además tenían hipoteca y niños que vestir y alimentar...

(Ponedlo en primera persona y ya está dicho todo sobre lo que me pasó ayer)