martes, octubre 18, 2011

Una noche toledana



Este fin de semana pasado he gozado de la visita de algunos amigos de la blogosfera, (en mi anterior vida hubiera hablado de blogoquedada, pero eso es otra historia), que han tenido a bien visitarme y visitar la Ciudad Imperial, (no sé si por ese orden, pero pateársela se la han pateado los pobres a base de bien).
Cuando una de estas experiencias te deja con buen sabor de boca, como ha sido el caso, por lo menos en mi caso, quiero decir, te quedas con ganas de más. Sobre todo, como les decía a ellos en una de mis interminables charlas, porque cuando se está aislada, encontrar personas con las que poder hablar durante horas sin tener que recurrir a comentar la programación de cualquier cadena de televisión, es algo que, por desgracia, no me ocurre todos los días. No sólo eso: simplemente, sentarse con un café delante y escuchar a los demás mientras rellenan tus lagunas culturales, (que en mi caso y sobre según qué temas más que lagunas son la fosa de las Marianas), o comparten contigo experiencias nuevas y distintas, viajes y proyectos.
Lo he pasado muy bien, y estoy muy contenta con esta nueva etapa que he abierto en mi vida, que tuvo su primera y estupenda prueba de fuego en la anterior quedada, de la que ayer se cumplió precisamente un mes. 
Ya estoy pensando en la siguiente. Con impaciencia. Pero antes os contaré la leyenda que no lo es, por más que el azulejo en el Paseo de San Cristóbal se empeñe en ello:
Corría el año 797, y la España musulmana se encontraba bajo el gobierno del emir Alhakén I. Toledo, o Tolaitola, como se la conocía en aquel momento, estaba sometida a su autoridad, pero gozaba de una gran autonomía. Entre sus pobladores había numerosos visigodos, (renegados en su mayoría), árabes y judíos, que no apoyaban al emir, por lo que éste decidió acabar con esa resistencia de un sólo golpe y preparó una trampa. Nombró gobernador de Toledo a un muladí de su confianza, llamado Amrú, que, con la excusa de celebrar su nombramiento, invitó a su palacio, situado en lo que actualmente es el Paseo de San Cristóbal, a los ciudadanos más ricos e influyentes, en total más de 400 personas, y las hizo degollar durante el banquete. Las cabezas fueron colocadas en picas y los cuerpos arrojados a un foso preparado al efecto, (por lo que, históricamente, se conoce este episodio sangriento como La jornada del foso). Entre las víctimas del brutal ataque se encontraba el arzobispo Elipando, conocido por defender el adopcionismo, (una herejía que niega la divinidad de Cristo, haciendo de Él un simple hombre que ha sido elegido por Dios para cumplir Su misión).