miércoles, diciembre 14, 2011

Algunas líneas...


La calle, a aquellas horas de la madrugada, estaba vacía. Las muletas apenas podían sostenerla, pero se las apañó para cojear en dirección a una letrero de neón que iluminaba el asfalto mojado con tonos rosas, amarillos y azules. No logró descifrar el nombre del bar, pero tampoco le importaba mientras estuviera abierto y le sirvieran otra copa. Ya había decidido que el vodka con naranja no le apetecía más, y que la siguiente ronda sería de ron. O de tequila. O de cualquier otra cosa, menos ginebra. No soportaba la ginebra, no soportaba el gin tonic, que era la bebida de su madre en las contadas ocasiones en que tomaba alcohol. Meditaba sobre todo ello, encaramada al taburete, cuando un tipo tropezó con las muletas y estuvo a punto de caerse sobre ella, pero logró sujetarse con una mano a la barra en el último momento, con tan mala fortuna que tuvo que soltar su bebida para hacerlo. Mientras el vaso se acomodaba en el regazo de la mujer con la confianza de un perrito faldero, el contenido del mismo, un gin tonic, por supuesto, vino a empaparle el escote, calando hasta la ropa interior. El hombre abrió la boca para disculparse, pero era evidente que no sabía por donde empezar. Torpemente, alcanzó de un servilletero cercano un puñado de servilletas y se las alargó sin decir palabra. Ella rompió a reír y él unió sus risas a las suyas. Así fue como conoció  a Abel [...] 

Hace unos días sorprendí a S. Cid al confesar que estaba escribiendo una novela. Lo que ella no sabe es que llevo muchos años intentando escribir algo medianamente decente, así que tengo tres o cuatro cosas en proyecto, y me temo que no sé si pasarán de ser embriones de algo mejor. Lo último que he comenzado ha sido esto, que no sé en qué parará, pero he ido subiendo alguna cosita, incluído el primer párrafo a mi otro blog. Aprovecho para enseñar un poquito más, ahora que no tengo tiempo para pensar en cosas más serias o más provechosas.


(Foto de Carla Viajasola en Flickr)