jueves, noviembre 01, 2012

El bromista

Todas las tardes, con escrupulosa puntualidad, salía a caminar durante una hora, ya lloviese o hiciera sol. Y todas las tardes pasaba por delante de la pequeña casita con un diminuto jardín delantero, ante la cual se paraba durante unos instantes para contemplar el árbol, el único árbol, cuya especie le resultaba desconocida. Le gustaba en cualquier época del año: en primavera, lleno de brotes nuevos y hojas de un verde claro entre las que trinaban las aves; en verano, cuando se cubría de flores violeta que exhalaban un perfume dulce y penetrante; en otoño, las hojas se tornaban doradas, y las flores se transformaban en frutos, una especie de calabacitas alargadas y amarillas; y en invierno, perdida ya su fronda, las ramas se elevaban desnudas, elegantes como los brazos de una bailarina, hasta tocar los aleros del tejado. Su interés había llegado al punto de buscar en una enciclopedia y por Internet, pero no logró encontrar ninguna información, o quizás es que no supo como buscar. Así que se hizo el propósito de preguntar a cualquiera de los miembros de la familia que habitaba la casita en cuanto viera a uno.
Sabía que había alguien que ocupaba la propiedad de forma continuada: todo estaba demasiado limpio y recogido en otoño y primavera; a veces, en verano, había una mesita de forja blanca con dos sillas desparejas al pie del césped, como si se hubiera servido limonada o té frío, y en invierno aparecía un Nacimiento de escayola bajo un Pesebre de corcho. Además, una vez había entrevisto una figura femenina que caminaba apresurada hacia la puerta principal. Sólo fue cuestión de tiempo que se enterase, por un comentario casual de otro vecino, que aquella mujer era la dueña de la casa y que vivía sola.
Aparte de su afición por la vida sana y los árboles, tenía un hobby que no era tan inofensivo como a primera vista pudiera parecer: era un bromista. Pero sus bromas tenían un matiz macabro. Ya de niño se escondía tras los muebles para asustar a sus hermanos más pequeños, y, de mayor, había hecho chillar a casi todas sus ex-novias, (obsérvese el empleo del prefijo ex), con ratones o arañas de plástico, o cosas por el estilo. Esa vena bromista fue la que le indujo a maquinar, mientras contemplaba el árbol de marras, lo que le diría a la dueña de la casa cuando se acercara a pedirle información. Se deleitó con la idea un día tras otro, previendo la cara que pondría su víctima: los ojos dilatados, la sonrisa borrada de un plumazo de la cara para dar paso a una exquisita mueca... Casi no pudo aguantarse cuando, por fin, logró encontrarse con la desconocida en la puerta de su casa. Tanta era su euforia que no reparó en la expresión de cansancio de la mujer, en sus ojeras marcadas y en el tono monótono con el que contestó a su saludo y a sus primeras frases, que no eran sino el preludio de lo que verdaderamente quería decir. Cuando comenzó a hablar del árbol, sin embargo, el gesto de la mujer cambió y se volvió interesado y alerta. Él le contó que había pasado muchas veces ante su jardín y que siempre había querido saber de qué especie era el árbol, pero...
- ...pero, - añadió, con una risa jugueteando en los ojos, pero no en los labios, - la señora mayor que está siempre sentada en el porche no me contesta nunca, y eso que le hablo muy alto... ¿Es que está sorda? - Algo no iba bien: La expresión de miedo que debería haberse reflejado en el rostro de la mujer no había aparecido. Peor aún: si sus ojos no le engañaban, en aquella cara se podía leer algo parecido al alivio. Con una sonrisa tenue, como un rayo de sol de otoño, la mujer se le acercó, como temerosa de que alguien más la oyera, y le susurró al oído:
- ¿Usted también la ve?