domingo, enero 20, 2013

Los almendros en flor


Pronto, aunque hoy parezca mentira, envueltos en la ciclogénesis explosiva esa, mientras barre la calle la lluvia mezclada con el viento, o al revés, pronto, digo, comenzarán a florecer los almendros y los paisajes vistos desde Toledo, (el Valle, los cigarrales) se cubrirán de tonos etéreos, blancos, rosas pálidos, exquisitos, y en el aire florará el aroma a miel de las flores.
Dicen, aunque yo creo que es una leyenda, que fue un rey moro, uno de esos reyes moros que la fantasía romántica atribuye a Toledo, sin estropear la magia con cronologías molestas, un monarca justo, hermoso y benevolente con las Tres Culturas, (¡cuanta leyenda urbana junta, Señor!), el que hizo plantar los almendros alrededor de la ciudad para complacer a su favorita, una favorita rubia y de piel blanca, ojos verdes y cuello de paloma, que había llegado del lejano Norte como amable regalo de otro soberano, y que lloraba desconsolada al encontrarse en una tierra extraña en la que nunca nevaba. Así que aquel extraordinario monarca ordenó que las colinas que rodean la ciudad se cubrieran con almendros que, en primavera, se cubrieron de flores, simulando una nevada suave y perfumada. Y la favorita secó sus lágrimas y se enamoró perdidamente de su bienhechor, y vivieron felices y comieron (por supuesto) perdices...
Lo curioso del cuento es que en Toledo sí que nieva. Para muestra, un botón:




Otro día os cuento lo del jardín de cerezos o sakura que quiere plantar García-Page, para atraer más turismo japonés. Lo que, sin que sirva de precedente, me parece una gran idea.