miércoles, febrero 13, 2013

Numismática



[...] Creo  que un hombre tan inteligente como usted puede averiguar el tipo de cosas que puede producir la monotonía en una joven indisciplinada de diecisiete años y en esa posición. Pero estoy tan desconcertada con otros asuntos horribles que apenas puedo leer mis propios sentimientos, y ni siquiera sé si desdeñarlos como un coqueteo o soportarlos con un corazón roto. Entonces vivíamos en una pequeña residencia costera en el sur de Gales y un capitán de la marina, que vivía cerca de nosotros, tenía un hijo cinco años mayor que yo y que había sido amigo de Giles antes de irse a las colonias. Su nombre no afecta al relato, pero le diré que se trataba de Philip Hawker, puesto que se  lo voy a decir todo. Solíamos ir juntos a pescar camarones y decíamos y pensábamos que estábamos enamorados; finalmente, él así lo afirmó y yo pensé que lo estaba. Si le digo que tenía el cabello rizado del color del bronce y un rostro parecido al de un halcón, bronceado por el mar, no es por usted, se lo aseguro, sino por la historia, ya que fue la causa de una curiosa
coincidencia. 
»Una tarde de verano, cuando le había prometido a Philip que iría a pescar camarones a la playa con él, estaba esperando algo impaciente en el recibidor de la casa, mirando cómo Arthur llevaba algunos paquetes de monedas que acababa de adquirir y los transportaba lentamente a su oscuro estudio y museo situado en la parte posterior de la casa. Finalmente oí cómo se cerraba la puerta detrás de él, asi que cogí mi red para pescar y estaba a punto de salir, cuando me di cuenta de que mi hermano se había dejado una moneda que brillaba sobre el banco cercano a la ventana. Era una moneda de bronce, y el color, combinado con la curvatura exacta de la nariz romana y con algo en el largo, delgado y fuerte cuello, hacía de la  cabeza de César un retrato casi preciso de Philip Hawker. Entonces recordé de repente que Giles le había contado algo a Philip de una moneda en la que aparecía un rostro igual al suyo y que Philip había mostrado el deseo de tenerla. [...]


»La naturaleza es más antigua que la colección Carstairs. Cuando bajaba corriendo hacia la playa, la moneda se agitaba en mi puño y sentía a todo el imperio romano sobre mis espaldas, así como el pedigrí de los Carstairs. No sólo rugía en mi oído el viejo león argénteo, sino que todas las águilas del César parecían volar y gritar en mi persecución. Pero mi corazón fue elevándose como la cometa de un niño hasta que llegué a las dunas húmedas de la playa, donde ya se encontraba Philip metido en el mar, con el agua brillante cubriéndole los tobillos.[...]

(Fragmento de "La cabeza del César", uno de los relatos del Padre Brown de G.K.Chesterton)