martes, diciembre 16, 2014

Armando el Belén.



Este año he montado, (por primera vez, ya que en años anteriores me ha dado pereza), el Belén con las figuritas de Ferrándiz, uno que tuve que coleccionar por fascículos hace unos años. Hacía bastante tiempo que no me ponía a ello, aunque, la verdad, el resultado no ha sido como para tirar cohetes. Lo he decidido a última hora y he tenido que improvisar. Así que el río está pintado en un folio con las acuarelas de mi sobrina, (dentro de un par de días le añadiré verdín que está creciendo en el lado norte de la acera), el cielo es una cartulina negra y la mitad de las figuras se ha quedado en el limbo, porque en el aparador no cabe más gente.


Montar un belén siempre conlleva una dosis de diversión, si uno no se lo toma muy a pecho ni pretende competir con los belenistas que hacen esas maravillas de corcho y porexpán. Mis muñequitos se conforman con trocitos de madera, papel piedra y un establo al que le faltan partes y al que he tenido que añadir una cortina de fabricación propia. Y un visillo en la ventana. No creo que éste sea el final del montaje, porque seguro que algo se cae o encuentro otras luces o... 

Sea como sea, todo belén, o pesebre, o nacimiento, tiene el mismo mensaje, la misma historia contada y repetida una y otra vez desde que el Pobrecillo de Asís decidió, en las Navidades del año del Señor de 1223, recrear el nacimiento de Cristo: Un Dios que se hace pequeño, tan pequeño que cabe en una cuna, al que adoran los más humildes, y los más poderosos. Un Niño que nace para morir por Amor a los hombres y que resucita para llenarlos de esperanza.