jueves, febrero 26, 2015

En el super



Ciertamente, no me gusta ir a la compra, y, si lo hago, procuro terminar lo más pronto posible, llevarlo todo pensado y no remolonear por los pasillos. Excepto, quizás, por el de las golosinas...
Pero no hay manera de que pueda cumplir con mis compras tan rápido como yo desearía. Unas veces es porque hay mucha gente en la pescadería, otras porque la fila en la caja es interminable; a veces me encuentro a algún conocido y otras, como ayer, directamente embisto mi pasado con el carrito.
Iba yo santamente por la sección de licores cuando, al girar por la oferta de la semana, (que era de Baileys, por cierto), me tropecé, (bueno, choqué) con otro carrito que venía en dirección opuesta. Sin prestar mucha atención al tipo que lo manejaba, y con un ligero cabreo porque la culpa había sido de él, le pedí disculpas entre dientes, (nunca soy tan absolutamente borde como cuando voy a la compra),  y me dispuse a seguir adelante. Pero él no se movió, aunque estaba estorbándome el paso. Al contrario, estaba parado mirándome con gesto de "te conozco, pero no caigo...". A mí aquel señor con abundantes canas en los rizos oscuros no me sonaba de nada, pero soy muy mala fisonomista. Entonces se llevó la mano a la cabeza, y me acordé. Aquel señor era un compañero mío de instituto. Y no precisamente el número uno en la lista de los más queridos... 
- ¡Eres TÚ!, - dice él, de repente, y me siento insultada, porque estoy igual, igual, bueno, algunos años más vieja, pero igualita que en el instituto... o eso pienso. Y como si quisiera confirmar sus recuerdos, dice mi nombre.
Yo no le contesto, excepto con la mirada, y él tiene la decencia de esquivar mis ojos y poner los suyos en el contenido de su carro. Nos quedamos así, en silencio, mientras el resto de compradores nos esquiva, y yo me voy enfadando más y más porque me arde la cara y me da rabia ruborizarme a la mínima, como si fuera... sí, como si fuera una estudiante de instituto.
- Tú entonces me gustabas. - Añade, de repente, sin venir a cuento, sin mirarme, como si fuera consciente por primera vez de lo mal que me hacía sentir con sus bromas crueles. Y echa a andar con su carro por delante, un carrito de soltero, o de divorciado, con sus paquetes de comida precocinada y cerveza...

domingo, febrero 22, 2015

Días de verano.



Sí, días de verano. Aunque en este hemisferio sea todavía invierno, y nos quede casi la mitad que pasar, plore o no plore la Candelaria. En algún sitio del hemisferio sur la arena está ardiendo y la mar cálida rompe contra la orilla mientras los niños juegan y las muchachas toman el sol.
Días de verano que este sol falso, este sol de oropel que brilla alegremente en el cielo, me recuerda. No me molesta el frío, ni la lluvia, ni aún la nieve, aunque esta última esté mejor en las postales que en mi calle. Lo que me molestan son estos días de viento, en los que cada ráfaga te hiela hasta los huesos, o hasta el propio corazón.

Días de verano... os echo tanto de menos...

sábado, febrero 21, 2015

Flojera


No me gustan los sábados.
Bueno, no es que no me gusten, es que los sábados parecen tener la maldita capacidad de obligarme a hacer precisamente lo contrario de lo que quiero.
Y hoy sábado, un sábado en el que me he levantado porque no queda otro remedio, con ganas de cerrar las cortinas a ese sol engañoso que brilla, un sábado que debía haber sido laxo y perezoso, he tenido que ir, por imperativo, a la compra. Al Mercadona más cercano, por más señas.
Así que me he tenido que vestir de persona normal, sacar el coche y conducir hasta el pueblito de al lado donde está dicha superficie comercial. 
Y, una vez allí, como se me ha olvidado la lista de la compra, lo normal, porque yo tengo la cabeza que tengo, he tenido que recorrerme cada pasillo... Menos mal que lo he comprado todo a la primera.

No sé lo que va a pasar cuando el Año de la Cabra Loca siga su curso...
Y ya no tengo ganas de contar nada más...