lunes, marzo 21, 2016

Limpieza de primavera

Kintsugi. De esto hablo otro día.

Hace poco me recomendaron leer un libro titulado La magia del orden, en el que la autora, japonesa ella, explica el método KonMari, que viene a ser re-acomodar tus pertenencias para que ocupen no sólo el menor sino el mejor espacio posible, tirando lo superfluo.
Yo me reconozco incapaz de mantener el orden, incluso el público me cuesta bastante, pero es que tampoco soy capaz de tirar nada. No es síndrome de Diógenes. Lo que no sirve se tira en su momento. Pero no puedo deshacerme de las cosas que han adquirido un carácter sentimental.
Con estos antecedentes, comencé la limpieza de primavera, por llamarla de alguna forma, de mi habitación, con ánimo y con ganas. Casi todo estaba ya hecho cuando me enfrenté al mayor reto, la estantería de dos baldas en la que se lucen las fotos con amigos, los souvenires varios y los regalos más estimados. Valga decir que está en alto, lo suficiente como para quedar fuera del alcance de mi sobrina y sus dedos de mantequilla, decididamente heredados de mí. 
En alto. Sí. 
Apenas la había tocado, simplemente levantado el último regalito de Reyes, una hucha en forma de maneki neko monísima, cuando todo el invento se fue para abajo. Y una, que tiene menos reflejos que un panda, ¿qué iba a hacer? Quedarse de piedra viendo como todos los objetos delicados rebotaban en la cama, que está debajo, y caían limpiamente al suelo. Casi daban ganas de sacar esas cartulinas que tienen los jueces en los saltos de altura con la nota, para calificarlos.
Menos mal, menos mal, que todo ha quedado en un susto. Pero el karma, que es muy malo y muy vengativo, me ha dejado la pared limpia, y mis queridos recuerdos reposan el cajas de cartón en el fondo del armario. Porque la estantería, que era muy vieja, ha pasado a mejor vida.